Llega Diciembre y los balances, balanzas y reuniones de fin
de año. Cuando miro hacia atrás me
parece que fue un año difícil, después de todo éste fue el año en que conocí al
monstruo. Quisiera que eso nunca hubiera sucedido; cuanto más lo pienso, más
asco y bronca siento. Aunque una no tiene la culpa de conocer monstruos, ellos
llegan nomás y se quieren instalar, la culpa está en no correrlos a tiempo. Por qué será que a los héroes y heroínas siempre les dicen "cuidado, cuidado" y ellos van derechito a la cueva del dragón, ciegos como murcielagos.
Este monstruo, por ejemplo, llegó a convertirme en su esclava, en un molusco amorfo lleno de
pústulas y sin voluntad. Me aterra pensar que eso pueda ocurrirme de
nuevo. Mis amigos me dicen que no sea negativa,
al fin y al cabo pude derrotarlo en tan solo dos meses. Me gustaría sentir eso
mismo, pero sé que él todavía me acecha a la espera de mi más leve debilidad.
Además, otros querrán tomar su lugar y esta es una lucha de nunca acabar. Si
sabré de monstruos yo; tengo una colección en el placard. Los he conocido gusanos de todos los tipos:
membrillos, azules, blancos. Los he conocido conejos blancos también, aunque de esos
por suerte no tuve más que una visita casual. Si tuviera que hacer una reseña
investigativa debo advertir que ser el objeto de pruebas no es lo más saludable. Son muy
difíciles de clasificar además ya que el universo de monstruosidades que habitan la tierra es vasto e inagotable, así que no puedo explayarme demasiado en el
tema.
lunes, 10 de diciembre de 2012
martes, 27 de noviembre de 2012
Crónicas de gusanos
Hoy lo encontré. Pensaba que nunca más iba a verlo, pero
estaba escondido esperando a que estuviera sola e indefensa en mi casa. Primero
me quedé paralizada, pensaba que me había confundido ¿Qué hacía él acá?. Pero era
persistente. Tenía la obstinación de los
gusanos que han elegido su presa. Era astuto también. Muy a mi pesar, pude conocer
bien a este tipo de moluscos rastreros. Los hay de muchas especies: azules,
blancos, membrillo, avocado. Lo digo solo para prevenir a las incautas, para
dejar un registro. Estos animales adoran la carne blanda y fresca. Les gusta
prenderse a la pierna primero pero siempre terminan en los ojos y en la cabeza.
No sé cómo lo hacen, una les tiene pena. Parecen inofensivos. Ese es el peor
error, creer que se puede ayudarlos cuando lo único que ellos quieren es chuparte
la sangre y dejarte seca como una momia. Tienen un olfato extraordinario y una increíble habilidad para el camuflaje; pero
los delata el impulso: Se agarran rabietas que a una la hacen sospechar. Al menos es lo que me pareció del gusano azul, no
conozco los otros casos pero me dijeron que los avocado son los más temibles.
Una amiga me contó que conoció uno y que todas las noches le derretía la carne
con un ácido viscoso que le salía de la piel y, por la mañana, cauterizaba las
heridas con sus colmillitos para que nadie lo viera y poder volverselas a
causar. ¿Se imaginan?. Y lo más terrible era que ella al principio accedía, le
tenía pena; ese era el único modo de sobrevivir del pobre gusanito, decía. No
se daba cuenta que de pobre no tenía nada y que todo era un engaño. Por eso
tengo miedo, porque escuché por ahí que los gusanos azules son como las
larvitas de los avocados.
Cangrejos y polillas
Manfredo era un cangrejo hecho y derecho. Un poco torcido en
el camino nomás, pero el cangrejo que todo Manfredo sueña ser. Hablaba rápido y
sin modular, con una música electrónica dificil de seguir. Y aunque era un
cangrejo Manfredo, tenía apodo de lobo estadounidense. Me decía que yo era muy
inteligente y hablabamos harto sobre política, religión, literatura, cine y
demás cosas “intelectuales”. Pero como buen cangrejo, caminaba hacia los costados
y carreteaba todas las noches en una locura de polvo blanco y humo feliz.
Típico ambiente de la música donde los cangrejos de piel roja y apellido
Manfredo son anfitriones. Por eso, esa noche salí con la polilla italiana, los
corredores de formula uno y la chica de Acuario. De verdad prefiero a las
polillas cuasiseductoras y las acuarianas que hablan de sí mismas antes
que a los cangrejos de la noche blanca.
La polilla me hablaba en italiano, “parlaba” más bien. Me
tocaba la pierna y me agarraba de la cintura. Incluso después de un par de
vasos de fernet me daba cuenta. Supongo que por eso había pagado la cena. Tenía un par de ojos verdes muy hermosos y
unas antenas que resonaban con un tintinar genovés. Una polilla vieja, alegre,
bien acomodada, el buen partido que toda niña de campo necesita. Pero las
polillas vuelan lejos para morir en el parabrisas de un auto; no me interesaba.
Aunque unos meses atrás no hubiera dicho lo mismo. Al final pagó el taxi, la
cena, el fernet y yo me volví a dormir sola y escribir estas boludeces.
lunes, 5 de noviembre de 2012
El gusano azul
El gusano azul se creía mariposa. Comenzó a mandarme mails amenazantes. Ese es el problema con los gusanos azules, creen que son hermosos y de alas multicolores que pueden llevarlos muy alto, pero son viscosos y babosos y se arrastran por el suelo dejando un ristre de veneno ponzoñoso. A una le da pena verlos arrastrarse en su propia secreción. Grave error sentir pena por un gusano azul. Son primos de las sanguijuelas, aunque una versión mucho más peligrosa de succionadores de sangre. El gusano azul no se alimenta sólo de sangre, bebe también eso que los médicos llaman líquido cefaloreaquídeo que circula por la médula osea. Eso quiere decir que si un gusano azul se prende de una pierna la seca como la termita al árbol. La pierna no se pudre, primero toma un color verdoso, luego a pan quemado y finalmente se desprende del cuerpo como una rama seca. Es un secreto bien guardado de los gusanos azules, me costó muy caro averiguarlo. Las piernas vuelven a crecer por suerte, aunque nunca es lo mismo. A mí, por ejemplo, me quedó más corta. Lo de los mails es cosa de esta época; algunos gusanos azules lograron adaptarse a estos tiempos modernos. Otros como el gusano membrillo se extinguieron. Bueno, nadie en realidad escuchó acerca de los gusanos azules o membrillos, yo misma no creía su existencia. Esa es su mayor astucia, y, la web, el facebook y el chat son su arma para el engaño.
domingo, 30 de septiembre de 2012
el conejo blanco
Me subí al auto del conejo blanco. Me llevaba a la parada
del 102 cuando empecé a contarle. Me concentré en el brillo cristalizandose en
sus ojos verdes, en su bigote rubio que subía y bajaba. No quiso escucharme,
cada vez que yo hablaba parecía que le agarrara un calambre adentro del pecho. “No
me digas a mí esas cosas, soy el menos indcado para escucharlas, no puedo
ayudarte”. Yo pensaba que era un conejo blanco igual a los conejos blancos. Uno
nunca conoce del todo a los conejos blancos. A veces son de otros colores y
podés no darte ni cuenta. Lo conocía
hacía muy poco tiempo pero me subí en su auto sin pensarlo. Él tenía otro
camino y ofreció llevarme las dos cuadras hasta la parada. Sí, debo confesar
que sentí una pequeña atracción por él, un instinto irresistible por
comprenderlo y curarlo. Ese es el problema con los conejos blancos, son como
pequeños copos de nieve peludos de ojos vidriosos.
Pero no quiso escucharme.
Poco a poco el auto se fue llenando con palabras suyas. Subían como la marea;
debo confesar que de vez en cuando yo miraba la pelusa suspendida afuera, el
cuerito de mi dedo, la tira de la mochila. No sé si se habrá dado cuenta, pero
despues de un rato me perdí entre “estar bien depende sólo de vos…” “tenés que
tomar la decisión de cambiar, de estar bien” y un montón de cosas más que creo
que dijo usando los mismos fonemas. Yo en cambio me concentraba en la mano que me
rozaba la pierna cuando gesticulaba sobre la caja de cambios. Frenó el auto en
la parada y apagó el motor. De vez en cuando miraba el reloj y el celular, iba
a llegar muy tarde. Pero para él, la promesa de un problema vicario donde
resolver los errores del pasado era tan apetitosa como para mí. No todos los días encontras el plato servido, una persona igual a la que
te devoraste en el pasado. El conejo blanco estaba muy triste; la culpa puede ser
un terrible compañero. Me dijo que le hacía mal escucharme porque yo era igual
a ella. A mí también me han devorado, me han comido primero la carne y luego
los ojos y las manos. Le dije que no se preocupara, que la piel crece, los ojos
vuelven a ver y las manos… bueno, se puede vivir sin manos. Pero se puso peor,
en un momento pensé que explotaría y llenaría los vidrios de pelusas blancas.
Atrapé una con la mano y la fui deshojando. A veces las casualidades son tan
arbitrarias que uno tiene la sensación de que todo es la broma pesada de un
idiota. ¿Por qué otro motivo habría una pelusa blanca ahí? ¿Por qué otro motivo
él sería igual a mi devorador y yo a su devorada?
martes, 21 de agosto de 2012
la ventana cerrada
Me ahogo. Me cuesta respirar. Hace unos meses se coló por la ventana. Lo dejé entrar en realidad, la ventana estaba abierta. Parecía inofensivo, era peludo y daba saltitos. Tenía dos colas plateadas y las uñas como garritas. Los dientes me daban impresión, babeaba un poco y una de las muelas estaba comida por las caries. Me imaginé que era carnívoro y había comido muchos gorriones en su vida. No sé por qué se me ocurrió que comía gorriones. Lo primero que me hizo sospechar fue que no te miraba a los ojos. Esquivaba la mirada como temeroso de que alguien adivinara lo que había adentro.
Lo dejé entrar. Poco a poco fue creciendo, comía muchísimo; se fue adueñando de todo. Fue sutil. Primero le ofrecí una almohada, no tenía donde dormir. Me sentí bien por ayudarlo. Me daba cuenta de cosas. Estaba solo, la gente le tenía miedo. Era muy inteligente, entendía mis palabras. A mí me parecía tierno, inofensivo. Será por mi necesidad de ser la salvadora de América. Me di cuenta que no tenía padres, no creo que hubiera muchos de su especie tampoco. ¿Qué era?, podría haber sido una manscupia, un cronopo, un fama. Aunque de esos hay en los libros al menos. No pasó mucho tiempo hasta que le ofrecí ropa. Eso me olvidé de decir, estaba desnudo. Después me enteré por la forma en que se aferraba a la almohada que lo habían corrido de su último hogar. Porque no era de acá, había nacido en el mar. Era un ser marino aunque se adaptaba bien a la tierra. Tuve que cerrar la ventana porque el calor le molestaba, era de un mar frío, un lugar con mucho viento helado. A veces el mar lo llamaba, se filtraba por la ventana una brisa salada que lo llamaba. Al principio no me animaba a nombrarlo, me hubieran creído loca. Me iba temprano a la facultad a la mañana y volvía a cocinarle, le gustaba el pollo (yo no podía traerle gorriones siempre). Volvía corriendo y me encerraba con él. Descubrí que le gustaban las películas. Si encendía la televisión y ponía una película daba saltitos de alegría y refregaba su cuerpecito contra mi pierna en señal de afecto. Pero no podía ser cualquier película: Chaplin, Bergman, Breson. Una vez quise ver Spiderman y comenzó a arañarme. Poco a poco se puso más exigente. Ya no podía dejarlo solo mucho tiempo. Si me iba a la facultad hacía un berrinche. Mis padres comenzaron a reclamarme, dejé de comer con ellos y le llevaba la comida a a escondidas a mi cuarto. Mi mamá siempre lo miró con recelo. Mi papá primero fue amable hasta que vio los arañazos. Un día mi mamá entró a mi cuarto y lo vio en la cama, estuvo sin hablarme una semana. Yo comencé a pasar todo el día en mi cuarto encerrada con él. A veces me arañaba porque se molestaba. Le molestaba que me llamaran mis amigos, le molestaba que abriera la ventana, le molestaba que leyera el libro de literatura argentina. Comencé a tener miedo. Le llevaba todo lo que necesitaba pero él nunca estaba conforme. Comenzó a morderme. Tenía que acariciarlo todo el tiempo y llevarle comida. Un día me mordió tan fuerte que me escapé corriendo de mi casa. Esa noche él se animó a salir y me siguió. Primero me sobornó con caricias y tuve que volver. Eso fue hace una semana. Hace dos días se tragó la llave. El aire se está acabando.
domingo, 29 de julio de 2012
Dibujarte
No sé por qué a veces no me animo a publicar en este espacio. Tengo miedo que alguien lo descubra, supongo. Esto es algo que escribí hace casi dos meses ya, aunque haya perdido la fecha.
Tengo ganas de dibujarte. Podría pasarme la tarde entera recorriendo las líneas de tu rostro, concentrada en las sombras de tu barba creciente, en tus pestañas alargadas, en la cicatriz en tu nariz. El pelo me llevaría más tiempo, siempre rebelde, aunque me gusta más cuando está empapado de transpiración. Te dibujaría sonriendo, me gusta tu sonrisa, los dientes autenticamente desordenados. Pero me detendría en tus ojos, ¿cómo podría dibujar un gesto?, tus ojitos mirando para arriba, suspirando pícaros. Podría pasarme todo el día, la brisa fría que quiere colarse por la ventana es la excusa perfecta. Sé que es algo peligroso, un juego que no me animo a jugar del todo. Tengo miedo de quedar atrapada fuera del papel donde los recuerdos se queman con la combustión del olvido. Si tengo ahí tu imagen en mi escritorio, tu imagen hecha por mí misma, hecha por la memoria de mis dedos y mis ojos. Si te tengo ahí, en el escritorio, todavía no me animo a dibujarme a tu lado. Tengo miedo porque, aunque no quiera admitirlo, eso es lo que quiero. ¿Es demasiado pronto?, capaz que sí, eso me aterra. Ya me había acostumbrado a no estar en ningún papel, ya he regalado todos mis dibujos anteriores, nunca me quedé con ninguno.
lunes, 16 de julio de 2012
Verano
El verano tiene normalmente un efecto bastante negativo en mí desde que tengo memoria. Coincide con mi natalicio y las crisis, replanteos y balances se complotan todas juntas para explotar como una tormenta. Transcribo algo que escribí por ahí en un archivo en este verano con un tinte terriblemente sombrío:
"El tiempo pasa pero siento que retrocede. ¿O está
estancado? Una idea me persigue como una
picadura molesta. La muerte voluntaria me acosa sin melodramas ni poesías,
tranquila, no como una solución sino como una simple encogida de hombros. No se
lo he dicho a nadie pero he pasado las ultimas 24 horas encerrada en mi
habitación. Me distraigo, veo una serie, me río, pero de pie, a mi lado,
silenciosa y paciente me sonríe al lado de la cama. No es depresión sino
absoluta abulia, la sensación de que nunca voy a conseguir nada. Todo este
camino recorrido no ha sido mío, sólo el camino de mis padres, de las
expectativas de mi sociedad. Pero he sabido amoldarme tan bien y confundirlo
con mis verdaderos deseos que siento que es para lo único para lo que sirvo.
Soy buena para estudiar, para sacarme buenas notas, para hablar de los
problemas sociales y la lingüística. Soy buena para escribir un artículo de
investigación que se publique en el extranjero. En verdad soy buena para decir
lo que los profesores quieren escuchar. Pero mis libros siguen avergonzados ahí en
lo más recondito de mi computadora, los proyectos que me gustan siguen sin
terminar, y no he sido capaz de que me tomen en serio para el trabajo o el
amor.
No quiero seguir viviendo, no quiero levantarme todos los
días sabiendo que tengo que hacer un camino que no quiero. No quiero saber que
nunca voy a cumplir mis sueños porque no soy lo suficientemente buena."
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