“Vos elegiste esto a sabiendas”,
Casi puedo escuchar las palabras que me dirá mi psicóloga el miércoles que viene. Él
dice que no podemos seguir “subsistiendo”, que se encuentra en una encrucijada,
por un lado no quiere dejar de verme, pero tampoco quiere hacerme sufrir si no
le surge el amor. Porque de eso se trata, esa palabra nunca dicha, ese
sentimiento difícil de describir pero que todos alguna vez pudimos conocer. Y
no es la primera vez que me pasa. Siempre es igual. Al principio se deslumbran,
ven a la chica que todo lo puede, la chica inteligente, divertida, sensual,
deportista, la chica que viajó por el mundo, que leyó miles de libros, que vio
miles de series y leyó miles de mangas. Pero no es suficiente. Él me jura que
yo soy lo mejor que podría ser, que si estuvimos tanto tiempo es mérito mío,
que soy buena compañera y paciente. Pero no alcanza. Nunca alcanza. Entre
lágrimas amargas y lo mismo no alcanza. Y yo siento que vine fallada, bruta
para elegir, desesperada por ser indispensable. Casi parece una burla. El
escenario cambia, los actores cambian, pero la escena es la misma. Sólo que ahora
en vez de la compañía de las palomas de la fuente de Picadilly Circus, tengo un
par de años más, una casa remodelada y una lluvia de verano tucumano.
Él no quiere prometer, dice que
no puede, que no me merezco una promesa falsa. Que quiere lo mejor para mí y
que no es justo que me conforme con tan poco. Y para mí es como estar mirando
una película vieja, una de esas de las que ya conocés el final. Hace ya tres
años y medio que vi la misma película pero hablada en inglés. Termina con un
beso largo en el aeropuerto y la vuelta al mundo real. La vuelta a este “tercer
mundo”, este “medio mundo” donde sigo siendo pura posibilidad.
“No tengo nada para reprocharte,
al contrario”, me dice. “Y justamente por eso pienso que si con vos no me
surge, entonces nunca”. Y después una explicación sobre lo maravillosa que soy
yo, lo mucho que le gusto y lo bien que le caigo a todo el mundo. Pero no
alcanza. Nunca alcanza. Y una gran parte de mí se hace pedazos de nuevo. Pero
una voz adentro me recrimina las advertencias que dejé de lado, la paciencia
extrema, el malestar crónico. Mi deseo es que él cambie, que me desee, me ame,
se proyecte conmigo. Pero daría lo mismo desear que los peces vuelen o se acabe
la pobreza en el mundo. Lo único cierto
es que los deseos tienen una longitud de onda muy corta, que se circunscribe a
uno mismo, a los propios actos. El otro es la muralla, los imponderables, el
rayo que puede partirte mientras caminás, el ladrón que te elige como blanco en
el colectivo o el amor que no te es correspondido.