martes, 19 de julio de 2011

mi abuelito


Hoy es el cumpleaños septuagésimo tercero de mi abuelito. Hace casi un mes nos hizo pegar un susto tremendo: una cirugía menor, laparoscópica y ambulatoria, paro cardíaco y coma. Un hombre sanísimo que corre todos los días que no fuma ni es diabético que lleva una vida de proyectos y viajes y hace dos años se tiró de parapente. Quien se hubiera imaginado. Hoy celebra su natalicio y su renacimiento; así lo dijo él.

Esos días en la terapia fueron divertidos. Mi abuelito despertó del coma completamente desinhibido. Un edema cerebral le produjo una borrachera mental de cuatro días. Me dijo que parezco Carlitos Balá con mi corte de pelo y que mi vieja tenía una peluca. Veía hormigas en las paredes y estaba convencido de estar llegando al jumbo a comprar vino. “Esta noche vamos al teatro con Poto” me dijo “aunque me parece que no voy a ir mejor”. Creo que me preguntó 14 veces cuando rendía y otras 18 le preguntó a mi hermana como le había ido en la escuela. La historia del hombre que se despertó en la terapia bajo los efectos de la anestesia llamando a la amante la contó creo que 45 veces. Era un plato, un hombre completamente diferente, verborrágico y risueño. Se paseaba por los recuerdos como si viajara en el tiempo y hablaba de cosas que ya habían pasado hace muchos años como si fueran el presente. Sumado a mi abuelito, la terapia era sin dudas un lugar fértil para el humor negro. Había al lado de su cama una señora “a mí me a internado el doctor Autino y un doctor petizo de bigotes que está ahí junto a nosotros” Sí, mi abuelo, el doctor Reynaga compartía la terapia con sus pacientes, un pronóstico que no parecía muy alentador para ellos, para los que dicen que los médicos no sienten empatía. Lo mejor fue el señor que le reclamaba al médico “doctor yo tengo piernas verdad? Digamé si tengo piernas” El médico le dice “sí, sí tiene piernas” El paciente se da vuelta y mirando a la pared asegura “¿has visto? Te he dicho que yo sí tengo piernas” No pude reprimir la carcajada. A veces no te queda otra, o te reís o llorás.

lunes, 18 de julio de 2011

serpientes, brujas y aburrimiento

He guardado silencio en este espacio durante meses. Cuando pienso escribir algo aquí me parece demasiado personal o demasiado superficial. Imagino que me gustaría encontrar un personaje, una máscara a la cual acomodarme. Una que me deje decir cosas inteligentes, palabras sabrosas y hasta interesantes. He sabido esconderme lo suficiente, haciendo de este espacio un lugar más que nada profesional. Hoy siento la necesidad de dejarme de formalidades y contar algo. Voy a empezar con un sueño. Los sueños son en mi vida a veces la experiencia más excitante de mi día. No es que haya tenido siempre una vida aburrida, pero sí, en el último tiempo me he dejado devorar por la apatía. En fin, yo estaba en la casa de mi tío. Estaba estudiando creo y no había nadie. Una bruja, una adolescente como de 15 años llegaba gritando para evitar la tragedia. Había un loro, mugre y platos rotos, creo que también un perro. La chica no estaba sola, me daba miedo. Había varios tipos que tenían unas carpas y habían violado mujeres o querían secuestrarme y violarme. Algo terrible iba a suceder en cualquier momento y la chica lo sabía. Iba a ser mi culpa por supuesto, desde el momento en que impedí que la joven bruja evitara que sus predicciones se hicieran realidad había abierto la puerta a la muerte. La chica se fue llorando y rompiendo platos y sentí que un horrible miedo me acorralaba. Con pasos temblorosos abrí la puerta del baño. Una niña de menos de un año estaba ahogada en la bañera sumergida en un líquido viscoso marrón. La casa estaba llena de sangre, todos los hijos habían muerto asesinados. Yo me daba cuenta que había dejado pasar a la serpiente, había dejado la puerta abierta. Un monstruo gigante de unos siete metros de largo que podía tragar a una persona adulta había entrado a la casa desde el momento en que yo abrí la puerta. La joven bruja lloraba y yo comprendía que ella podría haberlo evitado, porque, después de todo, ella ya lo sabía. La serpiente me perseguía y yo me escondía en un auto destruido y trataba de hacerlo arrancar. El bicho iba a matar a todos, iba a ser mi culpa. Salté al fondo de la casa y subí a la copa de un árbol, yo podía volar pero no podía huir muy alto, no iba a dejar a todos morirse por mi culpa. Salté desde el árbol a la tapia y la serpiente volaba y saltaba también, iba a matarme. Me desperté. Era noche cerrada y una sensación horrible que me acompañó todo el día me refrescaba los miedos de la infancia. Quería dormirme para soñar otra cosa. Mi psicóloga va a darse un festín con esto seguramente, pero yo le voy a decir que anoche vi de nuevo Harry Potter, la serpiente era un basilisco, la chica bruja era una adolescente embarazada muerta en una película de Cronenberg, lo demás sólo mi retorcida imaginación.