lunes, 8 de agosto de 2011

un año después

Hace exactamente un año era mi último día en Inglaterra. Siempre trato de pensar las fechas y los momentos como simbólicamente significativos, por eso siempre tuve la ilusión de que vencido el plazo de un año mis sentimientos expirarían como vence una boleta de la luz o un pote de yogurt. Tal vez si me animara a hablar más seguido sobre lo mucho que me ocupa el pensamiento… Me viene a la mente un estado de ánimo que por suerte ya siento ajeno. Mi soledad paseándose por Regens Park o Hyde Park en un día soleado. Llorando sentada en la fuente de Picadilly Circus rodeada de la más completa indiferencia, como si mi llanto no fuera más que una incomodidad o una caca de paloma que hay que esquivar. Ingleses de mierda. Se me viene a la mente ese día como un torbellino de recuerdos mezclados, siempre tuve miedo al olvido pero no me animé a escribirlo hasta ahora. Recuerdo una piza que comimos y Mark se olvidó de pagar, ¿fue la noche anterior? Era seguro cuando ya estaba todo mal. Otra comida en un pub cerca de Saint Pauls, una especie de tarta rellena con algo muy feo y seguro tenía brócoli como ensalada. Una advertencia: la comida inglesa es horrible. Ahí fue cuando le pregunté “¿will I see you again?” y él me contestó “I don’t know” mientras tomábamos un trago con alcohol a las tres de la tarde. Después nos sentamos en el pasto al costado de la iglesia. Los dos llorábamos amargamente, él me decía que se sentía un inútil y que tenía miedo de que pasara un año y darse cuenta que se había equivocado. Bueno, el tiempo ha pasado y él no ha cambiado su decisión. En cambio, se va a cruzar el Atlántico en un velero con tres amigos y hasta dice que me va a mandar una postal desde Portugal, ja! Y mientras él deja la tierra yo me la paso durmiendo y comiendo y haciendo esfuerzos sobrehumanos por encontrar motivaciones y no dejarme arrastrar por la abulia.

Esos últimos días me los acuerdo con bastante detalle. El paseo en bote hasta Grenweech, o el paseo en el London Eye, super romantico dirían ustedes, bueno, la verdad es que me sabe más a patético. Intentaba disfrutarlo pero estaba tan feliz como un enfermo terminal que conoce el día exacto de su muerte. Y yo siempre tratando de dejar una huella permanente, escribiendo cartas de despedida, buscando el regalo perfecto para que no me pudiera olvidar, para que se arrepintiera de su error, para que me diera una oportunidad. Repito, patética.

¿Qué nos había pasado en ese mes? Yo intentaba encontrarle una explicación a su decepción, a mí desesperación. Caminando de vuelta a la casa pasamos por Little Venice y él me hizo notar que parecía que había pasado muchísimo más tiempo desde la tarde que yo llegué y caminamos hasta las 10 pm cuando todavía era de día. En treinta días hicimos muchísimas cosas, me hizo conocer a toda su familia y hasta tuvimos una luna de miel en Bath. Ayer justo mientras andaba en bicicleta por una senda aquí en Yerba Buena me acordaba del paseo en bici al lado del río en Oxford y la siesta en el pasto después del tremendo Suday Lunch. O cuando cantábamos “you are just too good to be true” en la noche frente al canal principal del río de Bath, siempre con ese sentido romántico de burla. Las palabras eran en serio pero jugábamos a que no lo eran. El mundo me parecía perfecto entonces, toda mi vida parecía haberme conducido a ese momento. No voy a contar todas las cosas que hicimos, todas las cosas que me acuerdo. Ante todo fue un mes de contrastes. Por supuesto que Inglaterra me despidió de la única forma en que podía hacerlo: con lluvia. Caminamos hasta la estación de trenes la mayor parte en silencio bajo una molesta llovizna. Yo quería llegar a mi casa y ver a mi mamá y a Laurita y poder al fin desahogarme en mi propio idioma. En el tren a Heathrow yo lloraba, no un llanto espasmódico sino lágrimas silenciosas. De vez en cuando a Mark también le caían algunas lágrimas. La despedida fue dolorosa, pedí un sándwich en el aeropuerto y me sentí muy decepcionada, nunca las cosas son como uno espera que sean, especialmente en Inglaterra donde el jamón el pan y el queso nunca hacían la combinación culinaria que yo imaginaba. Tampoco Mark, a decir verdad, tampoco el mes que yo había planificado. La charla fue en torno a los mejores y peores momentos que pasamos juntos en esos treinta días. Me había quedado un sabor a cebolla de la comida, se acercaba la hora de la despedida definitiva. Mark me ofreció cinco libras por cualquier cosa que necesitara dentro de la sala de espera cuando pasara los controles. Todavía las tengo guardadas. Miró el reloj y bajamos las escaleras en silencio. Ya habíamos despachado mi mochila. Hicimos la cola juntos como si los dos fuésemos a viajar. Antes de mostrar el pasaje y el pasaporte nos besamos. Fue un beso largo y apasionado, el mejor beso en mucho tiempo. El también lo sintió así y me dijo que si era el último había sido muy bueno. Tenía muchas ganas de llorar pero no sentía ningún nudo en la garganta, tenía más bien un sentido trágico, como si al cruzar los controles me esperara la muerte. Nos abrazamos con fuerza y creo que lo besé en la frente y le dije que lo amaba. Mi último recuerdo es él despidiéndome con la mano, yo sintiendo mi cara contorsionándose hinchada y colorada y señalándome el corazón con la mano. No creo que volvamos a vernos de nuevo.