Lo dejé entrar. Poco a poco fue creciendo, comía muchísimo; se fue adueñando de todo. Fue sutil. Primero le ofrecí una almohada, no tenía donde dormir. Me sentí bien por ayudarlo. Me daba cuenta de cosas. Estaba solo, la gente le tenía miedo. Era muy inteligente, entendía mis palabras. A mí me parecía tierno, inofensivo. Será por mi necesidad de ser la salvadora de América. Me di cuenta que no tenía padres, no creo que hubiera muchos de su especie tampoco. ¿Qué era?, podría haber sido una manscupia, un cronopo, un fama. Aunque de esos hay en los libros al menos. No pasó mucho tiempo hasta que le ofrecí ropa. Eso me olvidé de decir, estaba desnudo. Después me enteré por la forma en que se aferraba a la almohada que lo habían corrido de su último hogar. Porque no era de acá, había nacido en el mar. Era un ser marino aunque se adaptaba bien a la tierra. Tuve que cerrar la ventana porque el calor le molestaba, era de un mar frío, un lugar con mucho viento helado. A veces el mar lo llamaba, se filtraba por la ventana una brisa salada que lo llamaba. Al principio no me animaba a nombrarlo, me hubieran creído loca. Me iba temprano a la facultad a la mañana y volvía a cocinarle, le gustaba el pollo (yo no podía traerle gorriones siempre). Volvía corriendo y me encerraba con él. Descubrí que le gustaban las películas. Si encendía la televisión y ponía una película daba saltitos de alegría y refregaba su cuerpecito contra mi pierna en señal de afecto. Pero no podía ser cualquier película: Chaplin, Bergman, Breson. Una vez quise ver Spiderman y comenzó a arañarme. Poco a poco se puso más exigente. Ya no podía dejarlo solo mucho tiempo. Si me iba a la facultad hacía un berrinche. Mis padres comenzaron a reclamarme, dejé de comer con ellos y le llevaba la comida a a escondidas a mi cuarto. Mi mamá siempre lo miró con recelo. Mi papá primero fue amable hasta que vio los arañazos. Un día mi mamá entró a mi cuarto y lo vio en la cama, estuvo sin hablarme una semana. Yo comencé a pasar todo el día en mi cuarto encerrada con él. A veces me arañaba porque se molestaba. Le molestaba que me llamaran mis amigos, le molestaba que abriera la ventana, le molestaba que leyera el libro de literatura argentina. Comencé a tener miedo. Le llevaba todo lo que necesitaba pero él nunca estaba conforme. Comenzó a morderme. Tenía que acariciarlo todo el tiempo y llevarle comida. Un día me mordió tan fuerte que me escapé corriendo de mi casa. Esa noche él se animó a salir y me siguió. Primero me sobornó con caricias y tuve que volver. Eso fue hace una semana. Hace dos días se tragó la llave. El aire se está acabando.
martes, 21 de agosto de 2012
la ventana cerrada
Me ahogo. Me cuesta respirar. Hace unos meses se coló por la ventana. Lo dejé entrar en realidad, la ventana estaba abierta. Parecía inofensivo, era peludo y daba saltitos. Tenía dos colas plateadas y las uñas como garritas. Los dientes me daban impresión, babeaba un poco y una de las muelas estaba comida por las caries. Me imaginé que era carnívoro y había comido muchos gorriones en su vida. No sé por qué se me ocurrió que comía gorriones. Lo primero que me hizo sospechar fue que no te miraba a los ojos. Esquivaba la mirada como temeroso de que alguien adivinara lo que había adentro.
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