Tiene un sabor picante y seco que me hace difícil la
concentración. El pensamiento se me va desde el ventilador hasta el respaldo de
la cama que escribí con felpa verde a los seis años. La cabeza me ha empezado a
funcionar como si me pesaran mucho los pensamientos y el balance la hiciera
ladear un líquido interno desde un extremo al otro como al agitar una botella.
No puedo dejar de pensar en él. En el lunar sobre la frente, en los dedos
largos y huesudos, en su risa en inglés. La soledad se me ha vuelto una compañía que me visita todo el tiempo. Antes, cuando le tenía cierto rechazo, buscaba la
aceptación de otros sin darme cuenta que ella seguía siempre ahí. La única vez
que logré espantarla fue esa noche cantando “I can’t take my eyes off of you”
frente al río de Bath con el único hombre que ha perdurado en mi corazón. Bah,
en realidad, no es que fuera la primera vez que se me pasara eso por la cabeza,
no, siempre fui débil para esa clase de cosas. Pero ese momento es el que más ha persistido con la fuerza de un hecho tan reciente como la mancha aceite que
acabo de hacerme en la ropa.
No parece verdad que hayan pasado tres años ya. Y yo fumando
y escribiendo en la oscuridad; retornando hasta lo más parecida a mí misma que
puedo ser. La vida me da vueltas y vueltas y no creo que sea hoy muy diferente
de la Anita de doce años que dibujaba todo el día hasta que el lápiz era un
canutito que no podía ni agarrar. Ahora también me molesta la presencia de las
visitas. Me interrumpen la escritura, las series, el anime, las películas, el
dibujo y cualquier cosa en el mundo que tenga ganas de hacer conmigo misma. Sólo hay una
persona en el mundo hacia la cual no siento lo mismo, al menos en este momento.
La sola idea de imaginar que viene me hace sentir mejor que
cuando pierdo la noción del mundo mientras dibujo. Se siente mejor que lo que
imagino que debe sentir un cantante de ópera cuando exhala los hermosos sonidos que
dan forma a “caruso”. Mejor que cuando siento los músculos tensos y sudados
y me duelen hasta lugares que no sabía que existían en mi cuerpo después de
jugar por dos horas al tenis. Mejor incluso que probar algo exquisito hecho por
uno mismo.
En tres años de no verlo al contrario de dejar de sentir,
siento con más fuerza. Esa vulnerabilidad, esa fortaleza, esa hambre insaciable
de abrazos y caricias están intactos. Puede que el tiempo haya cristalizado mis
recuerdos de manera arbitraria, conservando los mejores y desechando el
malestar, la tristeza y la sensación de volver a Argentina como si me hubieran echado
a patadas de una casa en la que no era bienvenida. Es probable. Pero algo adentro me
dice que él siente lo mismo. Quizás sólo sea obstinación. La terquedad propia
del que está decidido a armar un rompecabezas imposible sólo porque está
convencido que la pintura final es hermosa. Me encantaría poder averiguarlo, aunque no tengo el coraje necesario para enfrentar la posible humillación del segundo fracaso.