Se sienta de espaldas al conejo blanco. Tiene un lunar del lado derecho del mentón, cejas pobladas, orejas rizadas y peludas y una barba recién afeitada. No es alto, como los de su especie, (o eso me dijeron porque como de estos ejemplares no hay muchos, es la primera vez que veo uno).
Lo miro de reojo; al otro lado de la oficina espío constantemente sus movimientos. Una parte de mí quiere meterlo en una jaulita y acariciarle el pelaje plateado y sedoso. Mi otra parte, en cambio, tiene miedo que me muerda y me de la rabia o algo parecido.
La primera vez que lo vi en la máquina de café llamó mi atención pero sin causar tanto alboroto. Lo miré con la simpatía con que se observa un cachorrito en la vidriera del Acuarium cuando sabés que no hay espacio en tu casa para otro más. No me imaginaba que con el correr de los días iba a transformarse en una molestia, como una picazón en la espalda donde no alcanza la mano. Comencé a observarlo por el simple hábito de hacerlo, como una mala costumbre que se te pega por reflejo.
Me cuesta controlar los deseos de encontrarlo de nuevo en el colectivo, la necesidad de una invitación grupal o una insinuación de cualquier tipo. Siempre empieza así el circulo vicioso de mis errores. A veces con graves consecuencias. El aburrimiento es mi peor enemigo, siempre termino buscando y encontrando animales exóticos. Quiero que esta vez sea diferente, no sé cómo todavía porque cada vez que me habla siento que se me acalambra la sonrisa y no paro de decir boludeces. Tengo miedo que mis esfuerzos por controlar lo incontrolable me lleven al naufragio. Quiero que esta vez no tenga que transformarme en un zorro plateado o en un gusano azul para adaptarme.
domingo, 3 de marzo de 2013
viernes, 1 de marzo de 2013
El taxista enamorado
“¿Te puedo hacer una pregunta?” Me
dijo el conductor del taxi. Como toda pasajera mujer, joven y
vulnerable deseaba desde las entrañas contestar “no, no puede
hacerme ninguna pregunta”. En cambio asentí tímidamente. “Vos
que sos mujer capaz que me podés contestar. Supongamos que un hombre
deja embarazada a una chica. Pero ellos se quieren y ella ya no
quiere saber más nada con él porque dice que quiere llevar adelante
sus propios proyectos.” Así comenzó el relato del joven taxista
del cual no tuve la oportunidad de conocer el nombre. Efectivamente,
el don juan del asfalto había dejado embarazada a una mujer con la
cual llevaba saliendo apenas un mes. “Ella no quería tener hijos,
pero yo sí”. Me dijo “lo que yo siento por ella es verdadera
pasión, no es como con la que es la madre de mis hijos”. Con el
correr de las cuadras me iba enterando de más y más detalles
íntimos del señor. Cosas que definitivamente no quería saber. La
joven embarazada había mentido a su familia que el padre de su hijo
era fruto de un encuentro casual, cosa que tenía completamente
desorientado al pobre taxista. “Yo a ella no la entiendo” me
repetía. “No se preocupe, tiene que estar tranquilo, ella
seguramente está muy angustiada y confundida y a lo mejor se deja
llevar por lo que le dicen los demás”. Sin saber cómo, me
encontré dándole consejos!. La situación me incomodaba tanto que
fue la única manera que encontré de volverla más natural. Después
de todo, contarle tu vida privada a un completo extraño no es un
invento novedoso, le da de comer a un montón de psicólogos. Me
pregunto si Freud no habría venido con la idea después de subirse a
un taxi.
En fin, la historia se volvía más
interesante. “Incluso en el acto sexual ella me decía, vos tenés
cara de pícaro” “Porque sexualmente no era como con mi anterior
mujer, yo antes capaz que me acostaba en la cama y ni la tocaba y
ella se sentía mal y me decía que yo la despreciaba. En cambio con
esta chica es diferente, yo sabía que ella no se iba a olvidar nunca
si hacía el amor conmigo, porque yo soy así, si me gusta mucho
alguien es como que entrego todo y las hago sentir muy especial”.
Yo me acomodaba en el asiento y buscaba un hueco en la ventanilla
tratando de escapar. El taxista me miraba de reojo y a veces hasta
quitaba la vista del volante para observar mis reacciones. Los
prejuicios y tabúes me acorralaron dentro del taxi pero no me dejé
vencer. “A veces pasa así cuando las relaciones son nuevas. Usted
me dijo que solo lleva un mes con la chica y que con su mujer estuvo
cuatro años. A veces la rutina termina destruyendo una relación”.
Tuve que bajarme en el cementerio del Norte para hacer la nota del
diario. El hombre no quería dejarme ir, tenía todas las ganas de
seguir charlando conmigo. Cuando volví estaba esperándome con las
novedades, como si yo fuera un amigo íntimo de toda su vida. “Le
acabo de mandar un mensaje y me dijo que me quede tranquilo que esta
todo bien”. Siguió contándome su historia por otros veinte
minutos hasta llegar a la plaza. Cuando me bajé para filmar la manifestación me sorprendí pensando que me gustaría que el mundo fuera un poco más así. La experiencia fue insólita. Me gustaría cruzarme con otros valientes o desesperados como el taxista enamorado: compañeros de asientos del colectivo, del ascensor, del avión. A veces se comparte todo un viaje sin siquiera cruzar un saludo y uno nunca sabe, a lo mejor la respuesta que uno quiere viene del que menos espera.
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