lunes, 15 de abril de 2013

Bulebús y el hombre sin nombre



Eran las once de la noche y un manto de llovizna cubría Tucumán. Un hombre hurgaba en la basura de los contenedores en la esquina de Maipú y Mendoza; llevaba un piloto hecho con bolsas de consorcio. Lo acompañaba "Bulebús", un canino cruza de Bull terrier con un parche negro en el ojo. Bulebús también llevaba un piloto, no vaya ser cosa que se enferme de caminar desde La Banda bajo la lluvia. 
De no haber sido por el pichicho, no me habría acercado. El hombre me dijo que era "pordiosero" y que buscaba comida para él y sus 15 perros en los contenedores de basura. Bulebús era su sombra, no se alejaba más de dos metros del señor. 
Me separé de ellos con una idea clavada como una picadura. Ese pobre al que olvidé preguntar el nombre habría sido invisible para mí de no haber sido por el piloto que compartía con su perro. Un piloto que los hermanaba en un destino común. 
La indiferencia es la pandemia de nuestra sociedad. Así funciona el capitalismo. Para nosotros la basura es algo que desaparece cuando traspasa las puertas de nuestra casa. Y así funciona, precisamente, porque hay personas como el hombre sin nombre y su perro que salen a recorrer la ciudad con sus pilotos bajo la lluvia. 

martes, 9 de abril de 2013

Viejas compañeras


Doña Olguita y Doña Bertita estuvieron en el barrio desde que tengo memoria. Doña Olga era la mayor, una viejilla que para mí siempre fue una abuelita de 80 años de tez trigueña y mochitos blancos. Caminaba con paso lento y con el andar de pato que le obligaban los kilitos demás. Bertita era en cambio una señora flaquita y de facciones angulosas, siempre con un vestidito a florcitas celestes y un chal a crochet rosado. Eran hermanas y compartieron la vida juntas. Cuando Doña Olga se casó y tuvo hijos y nietos, la Bertita se fue a vivir con ella. “Hay esta Bertita que me hace renegar, que se va sola y no vuelve”. Decía siempre la Olguita preocupada por su hermana que seguía trabajando con más de setenta años limpiando una casa. Siempre se necesitaron la una a la otra. Bertita era la rebelde que iba y venía a su antojo, una viejita independiente que tomaba el 100 y caminaba muchas cuadras para llegar al trabajo. Doña Olga era la protectora, la que velaba por todos, la que cocinaba el mejor locro del mundo y nos regalaba una olla llena para el 25 de mayo. Hace dos años murió Doña Olga casi como por decisión propia cuando se le envejeció el alma antes que la salud y por testarudez de un día para el otro le empezó a fallar el cuerpo. Recuerdo la última vez que la vi bien. Siempre estaba sentada en la vereda esperando a la Bertita. Yo acababa de volver de Inglaterra y ella me dio un abrazo bien fuerte y me dijo “cuidesé mucho, m'ija”.
La muerte de la Olguita nos dolió a todos. Ella era la que nos recibía cuando volvíamos de la escuela y nos daba la chocolatada, la que siempre tenía una palabra de aliento, un abrazo cariñoso, una comida exquisita. Pero nadie lo sintió más que la Berita. A veces los lazos son demasiado fuertes y ya no se puede continuar, después de todo, la tristeza también es una enfermedad.
La última vez que la vi a la Bertita la ayudé a bajar del 100 y a caminar media cuadra hasta su casa. No me acuerdo lo que hablamos pero recuerdo que sentí que la viejita se iba a desarmar en cualquier momento. Hoy se fue a acompañar a su hermana, a que la rete de nuevo, como siempre, porque llega tarde.