Ya no escribo tanto como antes. Estuve pensando hoy en alguna cosa que me identifique, algo que me haga ser especial. ¿un pensamiento narcisita? ¿No lo tenemos todos?. Mi psicóloga me lo dice seguido. Pensé “soy buena para copiar cosas” (quizás debí pensar: "soy narcisita"?), puedo dibujar muy bien si copio un rostro, si copio el dibujo de otro; puedo inventar una historia original usando muchas cosas poco originales que se me vienen a la cabeza; puedo estudiar y reproducir lo que los profesores quieren escuchar… Pero después pensé que en realidad no es del todo cierto, no es algo excepcional, algo que me distinga en cada cosa que hago. Entonces pensé “no tengo nada especial”. Sí, sé lo que mi psicóloga diría, o lo que no diría directamente pero me daría a entender: De nuevo buscando una totalidad, un delirio de grandeza pero escondiéndome de la desaprobación de los demás, “no te queres exponer”. Inclusive hasta parece que me gustaría no tener “nada” especial porque eso me haría especial. Antes pensaba que si me esforzaba podía conseguir cualquier cosa que me propusiera, ¡qué infantil!. Eso es lo que me hace sentir la psicóloga y tiene razón, estoy segura, pero saberlo no me hace sentir mejor. Siempre he querido destacar, ser reconocida por mi talento ante el mundo, pero son pocas las cosas que hago para conseguirlo. Además de que el anhelo mismo suena bastante narcisista.
Calculo que la mayoría de la gente vive tranquila sin esta clase de pensamientos. Ninguna loca fantasía que los desvele, no se pasan el día pensando “si pudiera controlar la mente haría que tal cambiara de opinión”. O peor, imaginando locuras como que me disparan en la frente y eso de pronto me da habilidades milagrosas mientras estoy en un coma. ¿Cuan enfermo es tener estos pensamientos de manera repetitiva?, Y lo peor del caso es que no son involuntarios sino completamente planificados como el guión de una película. Una película terriblemente mala e inverosímil por supuesto. ¿Qué diría mi psicóloga? Sería como regalarle caramelos.
Creo que los años envejecen mis ideas, me gustaba más cuando podía tener esta clase de alucinaciones controladas como juegos infantiles sin que la sociedad me condenase por loca. Supongo que eso es lo que me gusta todavía de Disney: el mundo de la posibilidad. Predecible, por supuesto. El joven ladronzuelo que resulta ser el “diamante en bruto” pelea para salvar a la princesa y al final, con bombos y platillos, ayuda de un genio, una alfombra y un mono logra salvar el mundo. Brillante, Silvia Shwarshbook decía que esas historias eran como una “protesis” para nuestras vidas. Y sí, para la mía al menos que tiene más emoción en estado REM cuando la estúpida racionalidad adulta me deja dar rienda suelta a mis alucinaciones.