domingo, 30 de septiembre de 2012

el conejo blanco


Me subí al auto del conejo blanco. Me llevaba a la parada del 102 cuando empecé a contarle. Me concentré en el brillo cristalizandose en sus ojos verdes, en su bigote rubio que subía y bajaba. No quiso escucharme, cada vez que yo hablaba parecía que le agarrara un calambre adentro del pecho. “No me digas a mí esas cosas, soy el menos indcado para escucharlas, no puedo ayudarte”. Yo pensaba que era un conejo blanco igual a los conejos blancos. Uno nunca conoce del todo a los conejos blancos. A veces son de otros colores y podés no darte ni cuenta.  Lo conocía hacía muy poco tiempo pero me subí en su auto sin pensarlo. Él tenía otro camino y ofreció llevarme las dos cuadras hasta la parada. Sí, debo confesar que sentí una pequeña atracción por él, un instinto irresistible por comprenderlo y curarlo. Ese es el problema con los conejos blancos, son como pequeños copos de nieve peludos de ojos vidriosos. 
Pero no quiso escucharme. Poco a poco el auto se fue llenando con palabras suyas. Subían como la marea; debo confesar que de vez en cuando yo miraba la pelusa suspendida afuera, el cuerito de mi dedo, la tira de la mochila. No sé si se habrá dado cuenta, pero despues de un rato me perdí entre “estar bien depende sólo de vos…” “tenés que tomar la decisión de cambiar, de estar bien” y un montón de cosas más que creo que dijo usando los mismos fonemas. Yo en cambio me concentraba en la mano que me rozaba la pierna cuando gesticulaba sobre la caja de cambios. Frenó el auto en la parada y apagó el motor. De vez en cuando miraba el reloj y el celular, iba a llegar muy tarde. Pero para él, la promesa de un problema vicario donde resolver los errores del pasado era tan apetitosa como para mí. No todos los días encontras el plato servido, una persona igual a la que te devoraste en el pasado. El conejo blanco estaba muy triste; la culpa puede ser un terrible compañero. Me dijo que le hacía mal escucharme porque yo era igual a ella. A mí también me han devorado, me han comido primero la carne y luego los ojos y las manos. Le dije que no se preocupara, que la piel crece, los ojos vuelven a ver y las manos… bueno, se puede vivir sin manos. Pero se puso peor, en un momento pensé que explotaría y llenaría los vidrios de pelusas blancas. Atrapé una con la mano y la fui deshojando. A veces las casualidades son tan arbitrarias que uno tiene la sensación de que todo es la broma pesada de un idiota. ¿Por qué otro motivo habría una pelusa blanca ahí? ¿Por qué otro motivo él sería igual a mi devorador y yo a su devorada?