Me subí al auto del conejo blanco. Me llevaba a la parada
del 102 cuando empecé a contarle. Me concentré en el brillo cristalizandose en
sus ojos verdes, en su bigote rubio que subía y bajaba. No quiso escucharme,
cada vez que yo hablaba parecía que le agarrara un calambre adentro del pecho. “No
me digas a mí esas cosas, soy el menos indcado para escucharlas, no puedo
ayudarte”. Yo pensaba que era un conejo blanco igual a los conejos blancos. Uno
nunca conoce del todo a los conejos blancos. A veces son de otros colores y
podés no darte ni cuenta. Lo conocía
hacía muy poco tiempo pero me subí en su auto sin pensarlo. Él tenía otro
camino y ofreció llevarme las dos cuadras hasta la parada. Sí, debo confesar
que sentí una pequeña atracción por él, un instinto irresistible por
comprenderlo y curarlo. Ese es el problema con los conejos blancos, son como
pequeños copos de nieve peludos de ojos vidriosos.
Pero no quiso escucharme.
Poco a poco el auto se fue llenando con palabras suyas. Subían como la marea;
debo confesar que de vez en cuando yo miraba la pelusa suspendida afuera, el
cuerito de mi dedo, la tira de la mochila. No sé si se habrá dado cuenta, pero
despues de un rato me perdí entre “estar bien depende sólo de vos…” “tenés que
tomar la decisión de cambiar, de estar bien” y un montón de cosas más que creo
que dijo usando los mismos fonemas. Yo en cambio me concentraba en la mano que me
rozaba la pierna cuando gesticulaba sobre la caja de cambios. Frenó el auto en
la parada y apagó el motor. De vez en cuando miraba el reloj y el celular, iba
a llegar muy tarde. Pero para él, la promesa de un problema vicario donde
resolver los errores del pasado era tan apetitosa como para mí. No todos los días encontras el plato servido, una persona igual a la que
te devoraste en el pasado. El conejo blanco estaba muy triste; la culpa puede ser
un terrible compañero. Me dijo que le hacía mal escucharme porque yo era igual
a ella. A mí también me han devorado, me han comido primero la carne y luego
los ojos y las manos. Le dije que no se preocupara, que la piel crece, los ojos
vuelven a ver y las manos… bueno, se puede vivir sin manos. Pero se puso peor,
en un momento pensé que explotaría y llenaría los vidrios de pelusas blancas.
Atrapé una con la mano y la fui deshojando. A veces las casualidades son tan
arbitrarias que uno tiene la sensación de que todo es la broma pesada de un
idiota. ¿Por qué otro motivo habría una pelusa blanca ahí? ¿Por qué otro motivo
él sería igual a mi devorador y yo a su devorada?
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