Se sienta de espaldas al conejo blanco. Tiene un lunar del lado derecho del mentón, cejas pobladas, orejas rizadas y peludas y una barba recién afeitada. No es alto, como los de su especie, (o eso me dijeron porque como de estos ejemplares no hay muchos, es la primera vez que veo uno).
Lo miro de reojo; al otro lado de la oficina espío constantemente sus movimientos. Una parte de mí quiere meterlo en una jaulita y acariciarle el pelaje plateado y sedoso. Mi otra parte, en cambio, tiene miedo que me muerda y me de la rabia o algo parecido.
La primera vez que lo vi en la máquina de café llamó mi atención pero sin causar tanto alboroto. Lo miré con la simpatía con que se observa un cachorrito en la vidriera del Acuarium cuando sabés que no hay espacio en tu casa para otro más. No me imaginaba que con el correr de los días iba a transformarse en una molestia, como una picazón en la espalda donde no alcanza la mano. Comencé a observarlo por el simple hábito de hacerlo, como una mala costumbre que se te pega por reflejo.
Me cuesta controlar los deseos de encontrarlo de nuevo en el colectivo, la necesidad de una invitación grupal o una insinuación de cualquier tipo. Siempre empieza así el circulo vicioso de mis errores. A veces con graves consecuencias. El aburrimiento es mi peor enemigo, siempre termino buscando y encontrando animales exóticos. Quiero que esta vez sea diferente, no sé cómo todavía porque cada vez que me habla siento que se me acalambra la sonrisa y no paro de decir boludeces. Tengo miedo que mis esfuerzos por controlar lo incontrolable me lleven al naufragio. Quiero que esta vez no tenga que transformarme en un zorro plateado o en un gusano azul para adaptarme.
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