domingo, 15 de diciembre de 2013

Remake

“Vos elegiste esto a sabiendas”, Casi puedo escuchar las palabras que me dirá mi psicóloga el miércoles que viene. Él dice que no podemos seguir “subsistiendo”, que se encuentra en una encrucijada, por un lado no quiere dejar de verme, pero tampoco quiere hacerme sufrir si no le surge el amor. Porque de eso se trata, esa palabra nunca dicha, ese sentimiento difícil de describir pero que todos alguna vez pudimos conocer. Y no es la primera vez que me pasa. Siempre es igual. Al principio se deslumbran, ven a la chica que todo lo puede, la chica inteligente, divertida, sensual, deportista, la chica que viajó por el mundo, que leyó miles de libros, que vio miles de series y leyó miles de mangas. Pero no es suficiente. Él me jura que yo soy lo mejor que podría ser, que si estuvimos tanto tiempo es mérito mío, que soy buena compañera y paciente. Pero no alcanza. Nunca alcanza. Entre lágrimas amargas y lo mismo no alcanza. Y yo siento que vine fallada, bruta para elegir, desesperada por ser indispensable. Casi parece una burla. El escenario cambia, los actores cambian, pero la escena es la misma. Sólo que ahora en vez de la compañía de las palomas de la fuente de Picadilly Circus, tengo un par de años más, una casa remodelada y una lluvia de verano tucumano.
Él no quiere prometer, dice que no puede, que no me merezco una promesa falsa. Que quiere lo mejor para mí y que no es justo que me conforme con tan poco. Y para mí es como estar mirando una película vieja, una de esas de las que ya conocés el final. Hace ya tres años y medio que vi la misma película pero hablada en inglés. Termina con un beso largo en el aeropuerto y la vuelta al mundo real. La vuelta a este “tercer mundo”, este “medio mundo” donde sigo siendo pura posibilidad.

“No tengo nada para reprocharte, al contrario”, me dice. “Y justamente por eso pienso que si con vos no me surge, entonces nunca”. Y después una explicación sobre lo maravillosa que soy yo, lo mucho que le gusto y lo bien que le caigo a todo el mundo. Pero no alcanza. Nunca alcanza. Y una gran parte de mí se hace pedazos de nuevo. Pero una voz adentro me recrimina las advertencias que dejé de lado, la paciencia extrema, el malestar crónico. Mi deseo es que él cambie, que me desee, me ame, se proyecte conmigo. Pero daría lo mismo desear que los peces vuelen o se acabe la pobreza en el mundo.  Lo único cierto es que los deseos tienen una longitud de onda muy corta, que se circunscribe a uno mismo, a los propios actos. El otro es la muralla, los imponderables, el rayo que puede partirte mientras caminás, el ladrón que te elige como blanco en el colectivo o el amor que no te es correspondido. 

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