martes, 27 de noviembre de 2012

Crónicas de gusanos



Hoy lo encontré. Pensaba que nunca más iba a verlo, pero estaba escondido esperando a que estuviera sola e indefensa en mi casa. Primero me quedé paralizada, pensaba que me había confundido ¿Qué hacía él acá?. Pero era persistente. Tenía la obstinación de los gusanos que han elegido su presa. Era astuto también. Muy a mi pesar, pude conocer bien a este tipo de moluscos rastreros. Los hay de muchas especies: azules, blancos, membrillo, avocado. Lo digo solo para prevenir a las incautas, para dejar un registro. Estos animales adoran la carne blanda y fresca. Les gusta prenderse a la pierna primero pero siempre terminan en los ojos y en la cabeza. No sé cómo lo hacen, una les tiene pena. Parecen inofensivos. Ese es el peor error, creer que se puede ayudarlos cuando lo único que ellos quieren es chuparte la sangre y dejarte seca como una momia. Tienen un olfato extraordinario y una increíble habilidad para el camuflaje; pero los delata el impulso: Se agarran rabietas que a una la hacen sospechar. Al menos es lo que me pareció del gusano azul, no conozco los otros casos pero me dijeron que los avocado son los más temibles. Una amiga me contó que conoció uno y que todas las noches le derretía la carne con un ácido viscoso que le salía de la piel y, por la mañana, cauterizaba las heridas con sus colmillitos para que nadie lo viera y poder volverselas a causar. ¿Se imaginan?. Y lo más terrible era que ella al principio accedía, le tenía pena; ese era el único modo de sobrevivir del pobre gusanito, decía. No se daba cuenta que de pobre no tenía nada y que todo era un engaño. Por eso tengo miedo, porque escuché por ahí que los gusanos azules son como las larvitas de los avocados.

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