Hoy lo encontré. Pensaba que nunca más iba a verlo, pero
estaba escondido esperando a que estuviera sola e indefensa en mi casa. Primero
me quedé paralizada, pensaba que me había confundido ¿Qué hacía él acá?. Pero era
persistente. Tenía la obstinación de los
gusanos que han elegido su presa. Era astuto también. Muy a mi pesar, pude conocer
bien a este tipo de moluscos rastreros. Los hay de muchas especies: azules,
blancos, membrillo, avocado. Lo digo solo para prevenir a las incautas, para
dejar un registro. Estos animales adoran la carne blanda y fresca. Les gusta
prenderse a la pierna primero pero siempre terminan en los ojos y en la cabeza.
No sé cómo lo hacen, una les tiene pena. Parecen inofensivos. Ese es el peor
error, creer que se puede ayudarlos cuando lo único que ellos quieren es chuparte
la sangre y dejarte seca como una momia. Tienen un olfato extraordinario y una increíble habilidad para el camuflaje; pero
los delata el impulso: Se agarran rabietas que a una la hacen sospechar. Al menos es lo que me pareció del gusano azul, no
conozco los otros casos pero me dijeron que los avocado son los más temibles.
Una amiga me contó que conoció uno y que todas las noches le derretía la carne
con un ácido viscoso que le salía de la piel y, por la mañana, cauterizaba las
heridas con sus colmillitos para que nadie lo viera y poder volverselas a
causar. ¿Se imaginan?. Y lo más terrible era que ella al principio accedía, le
tenía pena; ese era el único modo de sobrevivir del pobre gusanito, decía. No
se daba cuenta que de pobre no tenía nada y que todo era un engaño. Por eso
tengo miedo, porque escuché por ahí que los gusanos azules son como las
larvitas de los avocados.
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