Manfredo era un cangrejo hecho y derecho. Un poco torcido en
el camino nomás, pero el cangrejo que todo Manfredo sueña ser. Hablaba rápido y
sin modular, con una música electrónica dificil de seguir. Y aunque era un
cangrejo Manfredo, tenía apodo de lobo estadounidense. Me decía que yo era muy
inteligente y hablabamos harto sobre política, religión, literatura, cine y
demás cosas “intelectuales”. Pero como buen cangrejo, caminaba hacia los costados
y carreteaba todas las noches en una locura de polvo blanco y humo feliz.
Típico ambiente de la música donde los cangrejos de piel roja y apellido
Manfredo son anfitriones. Por eso, esa noche salí con la polilla italiana, los
corredores de formula uno y la chica de Acuario. De verdad prefiero a las
polillas cuasiseductoras y las acuarianas que hablan de sí mismas antes
que a los cangrejos de la noche blanca.
La polilla me hablaba en italiano, “parlaba” más bien. Me
tocaba la pierna y me agarraba de la cintura. Incluso después de un par de
vasos de fernet me daba cuenta. Supongo que por eso había pagado la cena. Tenía un par de ojos verdes muy hermosos y
unas antenas que resonaban con un tintinar genovés. Una polilla vieja, alegre,
bien acomodada, el buen partido que toda niña de campo necesita. Pero las
polillas vuelan lejos para morir en el parabrisas de un auto; no me interesaba.
Aunque unos meses atrás no hubiera dicho lo mismo. Al final pagó el taxi, la
cena, el fernet y yo me volví a dormir sola y escribir estas boludeces.
No hay comentarios:
Publicar un comentario