la navidad me daba urticaria. Las multitudes hormigueando en el centro, los Papás Noeles sudando los 40 grados tucumanos, la tele pasando películas sobre “el espíritu de la navidad”, los pesebres vivientes y el pan dulce con frutas, la reunión con los familiares políticos que sólo veo una vez al año. Para mí, navidad también significa abandono. Después de ocho años de aquél 8 de diciembre en que mi papá se fue de mi casa, debo confesar que casi no lo recordaba. Mi hermana tenía 4 años, creo, y fue ella la que se acordó. “El papá se fue cuando armamos el arbolito”, me dijo el otro día mientras miraba unas fotos. Yo lo había borrado de mi mente. Por supuesto que me acordaba de esa época, del color gris y el olor a naftalina que recubren esos meses. No me estoy poniendo nostálgica ni dramática, mi papá volvió a casa, después de todo. Pero hasta hace poco no podía precisar por qué la navidad me hacía sentir tan molesta. De todas maneras me siguen fastidiando los gestos hipócritas, los regalos “para cumplir” y la obligación de estar feliz. Este año, sin embargo, es diferente. El calor no parece tan agobiante por ahora y la perspectiva de un año nuevo lleno de promesas me tiene contenta. Se va el 2011 sin pena ni gloria dejando en mí la reconfortante sensación de crecimiento. ¿Quién lo hubiera dicho? Yo, la reina de la queja, la mujer desplazada que vive de recuerdos o de expectativas, me encuentro hoy con la agradable sensación de tranquilidad. Este año he vuelto a ser yo misma, a dibujar doce horas seguidas, a comer sin culpas, a ver series hasta el amanecer, a cantar y bailar en la calle, a salir cuando me da la gana y a trabajar duro para conseguir mis metas. Me di cuenta que lo extrañaba, me extrañaba; sólo esperemos que dure.
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